PSICOTERAPIA PSICOANÁLISIS desde GALAPAGAR
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PSICOANÁLISIS EN BARILOCHE EL PSICOANÁLISIS NO SE ENSEÑA EN LA UNIVERSIDAD
El psicoanálisis es un campo científico producido en 1920.
La Teóría del Inconciente La Teoría de la Relatividad y La Teoría del Valor son los TRES PENSAMIENTOS CONTEMPORÁNEOS que dan las claves de nuestra vida cotidiana.
"EL PSICOANÁLISIS MODIFICÓ EL AMOR, EL ARTE y...
a usted, si ustéd quiere."
jueves, 25 de julio de 2019
lunes, 23 de abril de 2018
EL EMPLEO DE
LA INTERPRETACIÓN DE LOS
SUEÑOS EN EL PSICOANÁLISIS (*) 1911
El psicoanálisis toma auge en muchos
EL
Zentralblatt für Psychoanalyse no
fue diseñado únicamente
para mantener informados a sus
lectores de los avances en el conocimiento psicoanalítico y así publicar
relativamente cortas contribuciones sobre
el particular; sino
que trata, además,
de cumplir objetivos dirigidos a presentar al estudiante un esquema
claro de lo ya conocido, economizando
así tiempo
y esfuerzo a
los principiantes de
la práctica analítica,
al ofrecerles instrucciones aptas para ellos. De aquí en adelante irán
apareciendo en esta revista artículos de naturaleza didáctica no necesariamente
novedosos.
El tema del presente ensayo no es la
técnica de la interpretación de los sueños. No vamos a exponer cómo ha de
utilizarse su interpretación, sino tan sólo cuál es el uso que debe hacerse del
arte onirocrítico en el tratamiento psiconalítico de los enfermos. Existe,
desde luego, más de un procedimiento; pero en cuanto se refiere a la técnica,
es norma del psicoanálisis señalar siempre y con la máxima precisión las reglas
deducidas de la investigación y la
experiencia. Si hay,
quizá, más de
un camino bueno,
hay también muchos malos, y la
comparación de las distintas técnicas posibles habrá de ilustrarnos
convenientemente, aunque no
llegue a decidir
nuestra elección a
favor de un
método determinado. Al
pasar de la
interpretación de los
sueños al tratamiento
analítico, conserva el principio ante su interés hacia el
contenido de los sueños y querrá, por tanto, interpretar, lo más
acabadamente posible, todos
aquellos que el paciente le comunique.
Pero no tardará en advertir que
se encuentra ahora en circunstancias totalmente distintas y que, al intentar
llevar a cabo sus propósitos de interpretación, contraría el curso deseable de
la labor terapéutica. Si
el primer sueño
del paciente resultó
acaso muy adecuado
para enlazar a él las primeras aclaraciones que al mismo ha de
suministrar, no tardan luego en surgir otros tan largos y oscuros que se hace
imposible llevar a cabo su interpretación en una sola sesión del tratamiento, y
si el psicoanalista la prosigue en los días siguientes, habrá de desatender
los nuevos sueños
que el enfermo
vaya comunicándole, hasta
acabar la interpretación
iniciada. En algunos casos es tan rica la producción onírica y tan lento el PROgreso del paciente en la
comprensión de sus sueños, que el analista no puede menos de pensar
que semejante abundancia
de material no
es sino una
manifestación de la resistencia, la
cual utiliza para
sus fines el
descubrimiento de que
la cura no
puede abarcar la materia
así suministrada. Pero,
entre tanto, la
cura queda muy
detrás del presente y pierde su contacto con la
actualidad.
A esta técnica se opone la experiencia de que para
el desarrollo del
tratamiento es importantísimo conocer
en todo momento
la superficie psíquica del
enfermo y hallarse
orientado sobre los
complejos y las resistencias que
van siendo activados en
él y sobre
la reacción consciente que determinará su conducta. Este fin
terapéutico no debe ser propuesto casi nunca al interés que inspire al analista
la interpretación de los sueños.
Pero si hemos de atenernos a esta regla, ¿cómo utilizar entonces la
interpretación onírica en el
tratamiento analítico?
Nos
contentaremos con la
interpretación que podamos
lograr en una sola sesión, sin que nos preocupe no haber llegado a desentrañar
por completo un
sueño, y en
lugar de continuarla
al día siguiente
la dejaremos en suspenso
hasta el momento
en que advirtamos
que el enfermo
no ha producido
nada nuevo. Así, pues,
tampoco en favor
de una interpretación onírica
general de tomar siempre lo
que primero acude
al pensamiento del sujeto.
Si antes de terminar con
un sueño surgen otros
nuevos, nos dedicaremos
a estos últimos,
sin que nos
remuerda desatender los anteriores, y cuando nos encontremos ante un
sueño demasiado amplio y difuso,
renunciaremos desde un
principio a una
interpretación exhaustiva. En
general, nos guardaremos de manifestar un interés especial en cuanto a
la interpretación de los sueños
y de despertar
en el enfermo
la creencia de que
la labor analítica
queda interrumpida, por falta
de material, cuando
no dispone de
algún sueño, pues,
de lo contrario, corremos
el peligro de
orientar la resistencia
hacia la producción
onírica y provocar un
agotamiento de los sueños:
El analizado debe estar convencido de que el
análisis encuentra siempre
material con el
que continuar, aunque
no aporte él
sueño ninguno y cualquiera que sea la atención que a los mismos se
dedique. Se nos
preguntará ahora si
al someter el
empleo de la
interpretación onírica a todas
estas restricciones no
renunciamos a un
material muy valioso
para el descubrimiento de lo
inconsciente. A esta interrogación responderemos que la pérdida no es tan
grande como pudiera creerse antes de profundizar en la cuestión. Ha de tenerse
en cuenta que en los casos graves de neurosis no puede esperarse nunca
conseguir una interpretación
exhaustiva de los
sueños de alguna
amplitud.
Tales sueños
se basan muchas veces en la
totalidad del material patógeno del caso, material ignorado aún por el médico y
el enfermo (sueños de programa y sueños biográficos), y equivalen a una
traducción del contenido total de la neurosis al lenguaje onírico. AI intentar
interpretar uno de estos
sueños entrarán en
actividad todas las
resistencias dadas y
aún no despertadas, y pondrán
pronto un límite a toda penetración.
La interpretación exhaustiva de un
tal sueño coincide,
en efecto, con
la perfección total
del análisis. Anotado
al principio del análisis,
no llegamos a
comprenderlo por completo
hasta después de terminada aquélla, muchos meses
después. Sucede aquí lo mismo que en la comprensión de un síntoma aislado (del
síntoma principal, por ejemplo). Todo el análisis sirve para llegar a
su explicación; pero
durante el tratamiento hemos
de intentar aprehender, sucesivamente, distintos
fragmentos de su significado, hasta que se nos hace posible su síntesis.
No
podemos, pues, exigir
más a la
interpretación de un
sueño emergido al principio del
análisis, y habremos
de declararnos satisfechos si
la tentativa de interpretación nos
descubre ya algo,
aunque sólo sea
un único impulso
optativo patógeno.
Así, pues, al
renunciar al propósito
de una interpretación onírica
completa, no renunciamos a
nada posible ni
tampoco perdemos, generalmente, nada
cuando interrumpimos
la interpretación de
un sueño
para ocuparnos de
otro más reciente. Algunos acabados ejemplos de
sueños plenamente interpretados nos han enseñado que varias escenas
sucesivas del mismo
sueño pueden tener
el mismo contenido,
que va imponiéndose en ellas
cada vez con mayor claridad.
Hemos visto también que varios sueños soñados en la misma noche pueden
no ser sino tentativas de representar el mismo contenido en forma distinta.
Podemos asegurar, en general, que todo impulso optativo que hoy crea un sueño
retornará en otros mientras no consiga ser comprendido y sustraído al dominio
de lo inconsciente, y así, el mejor camino para completar la interpretación de
un sueño consistirá muchas veces en dejarlo a un lado y dedicarse a otro nuevo,
que habrá acogido el mismo material en forma quizá más asequible.
Sé muy bien
que no sólo
el enfermo, sino
también el médico,
han de considerar aventurado prescindir de
la orientación consciente en
el tratamiento y abandonarse por completo a una gula que
siempre ha de pareceros «casual». Pero puedo asegurar que
nunca tenemos que
arrepentirnos de habernos
decidido a confiar
en nuestras propias afirmaciones teóricas y habernos forzado a no
disputar a lo inconsciente la dirección de la síntesis.
Abogamos, pues, porque la interpretación de
los sueños no sea practicada en
el tratamiento psicoanalítico por su propio exclusivo interés, sino que se
someta su empleo a aquellas normas técnicas que regulan en general el
desarrollo de la cura. Naturalmente, hay
ocasiones en las
que podemos apartarnos
de esta conducta
y dejarnos Ilevar,
por algún trecho, de nuestro interés científico. Pero al obrar así
debemos saber siempre lo que hacemos. Habremos de tener también en cuenta otro
caso que viene surgiendo desde que
hemos adquirido mayor
confianza en nuestra
comprensión del simbolismo
de los sueños y
nos sabemos más
independientes de las
ocurrencias espontáneas de
los enfermos.
Un onirocrítico especialmente hábil
puede llegar a
desentrañar todos los sueños del paciente sin necesidad de
imponer al mismo una elaboración trabajosa y lenta de cada
uno de ellos.
Para un tal
analista no existirá
ya conflicto alguno
entre las exigencias de
la interpretación onírica
y las de
la terapia, y
se inclinará a
emplear a fondo, en todos los
casos, la interpretación onírica y comunicar al paciente todo lo que sus sueños
le hayan permitido adivinar, sin que el obrar así se desvíe considerablemente
de la dirección regular del tratamiento, como ya explicaremos en otra ocasión.
Pero el analista principiante no debe tomar como modelo este caso
excepcional.
Con respecto a los
primeros sueños comunicados por el paciente en el tratamiento analítico,
mientras ignora aún por completo la técnica de la interpretación onírica, todo
analista puede conducirse
como el onirocrítico experimentado antes
expuesto. Estos sueños iniciales
son aún muy ingenuos y descubren muchas cosas, semejándose en esta condición a
los soñados por
los hombres sanos.
Surge aquí la
interrogación de si
el psicoanalista debe o no traducir en el acto al paciente lo que en sus sueños
ha leído. Pero no es éste el lugar de responder a ella, pues se nos muestra
subordinada a otra cuestión más amplia: la de fijar las fases del tratamiento
en las que el paciente debe ser iniciado en el conocimiento de
su psiquismo inconsciente
y la marcha
que ha de
seguirse en esta iniciación.
Conforme
va conociendo luego
el sujeto la
práctica de la
interpretación onírica, van haciéndose más oscuros sus sueños.
Todo
conocimiento sobre el sueño sirve también de advertencia a la producción
onírica. En los
trabajos «científicos» sobre
los sueños, que
a pesar de
rechazar la
interpretación onírica han
recibido del psicoanálisis nuevo
impulso, se concede
una importancia excesiva a
la conveniencia de
conservar fielmente el
texto del sueño, preservándolo de las deformaciones y
mutilaciones que le imponen las horas siguientes a su desarrollo.
También algunos psicoanalistas parecen no
servirse muy
consecuentemente de su
conocimiento de las
condiciones de la
producción onírica, al recomendar al sujeto que fije por escrito
todos sus sueños inmediatamente después de despertar.
Esta medida carece de
todo alcance en la terapia y, en cambio, los enfermos la aprovechan para
perturbar su reposo nocturno y mostrar su celo en una cuestión en la que no
puede ser de ninguna utilidad, pues semejante laboriosa conservación de un
texto onírico, que en otro caso hubiera sido devorado por el olvido, no reporta
ventaja ninguna al enfermo. AI
proceder luego a
su análisis, no
se logra que
enlace a dicho
texto asociación ninguna, y el efecto es el mismo que si el sueño
hubiese sucumbido al olvido.
El
psicoanalista habrá averiguado, desde luego, en este caso, algo que de otro modo le
hubiera escapado; pero el hecho de que el psicoanalista sepa algo no equivale a que lo
sepa el enfermo. En otro lugar estudiaremos la significación de esta diferencia
en la técnica del psicoanálisis.
Mencionaré todavía otro
tipo especial de
sueños que, por
sus condiciones, sólo pueden surgir en el curso de una cura
psicoanalítica y suelen extrañar o inducir en error al joven psicoanalista
Son éstos los
llamados sueños «corroborativos», fácilmente interpretables y cuya traducción
nos ofrece solamente aquello mismo que la cura había deducido en los últimos
días del material de ocurrencias diurnas. Parece así como si el paciente hubiese
tenido la amabilidad de producir, en forma de sueño, precisamente aquello que
se le ha «sugerido» inmediatamente antes.
Pero el analista
experimentado se resiste
a creer en tales amabilidades del enfermo; considera
estos sueños como una grata confirmación de sus deducciones
y comprueba que
sólo aparecen bajo
determinadas condiciones de
la influencia ejercida por
el tratamiento.
La
mayoría de los
sueños se anticipan,
por el contrario, a la cura y
ofrecen así, una vez despojados de lo ya conocido y comprensible, una indicación
más o menos
precisa de algo
que hasta entonces
había permanecido oculto.
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